Nota: El artículo habla de la situación particular de Canadá, pero las situaciones son muy similares en todos los países que piden préstamos a los bancos comerciales.

Si echamos un vistazo a las noticias de estos días, veremos que la gran mayoría de los problemas están relacionados con el dinero, ya sea el aumento del costo de la vida (inflación), la falta de vivienda, o incluso la destrucción del medio ambiente y el despilfarro de los recursos del planeta (por ejemplo, las cosas se producen para que duren lo menos posible, con el fin de vender más). Por estas razones concluye el artículo anterior: hasta que la sociedad no recupere su derecho a crear dinero sin intereses, en lugar de pedirlo prestado a interés a los bancos privados, no se podrá lograr ninguna otra reforma.

En Canadá, algunos dirían que el gobierno, en nombre de la sociedad, ya crea su propio dinero con los billetes del Banco de Canadá. La realidad es que los billetes y monedas emitidos por el Banco de Canadá sólo entran en circulación -y, por tanto, en manos del público- si los bancos comerciales los prestan con interés. Además, este tipo de dinero (billetes y monedas, o "efectivo") representa menos del 5% del dinero del país; el otro tipo de dinero, que representa más del 95%, es el dinero cifrado creado por los bancos, que existe en forma electrónica en cuentas bancarias y tarjetas bancarias. La moneda oficial del país (emitida por el banco central) desempeña ahora un papel insignificante en la economía, ya que las cifras (créditos) prestadas por los bancos comerciales son aceptadas por todos como si fueran papel moneda.

El problema básico del sistema financiero actual, como explica Louis Even en La Isla de los Náufragos, y en su artículo El ladrón más grande del mundo (véase la página 4), es que el dinero se crea en forma de deuda. Por ejemplo, supongamos que el banco le presta 100 dólares con una tasa de interés del 6%. El banco crea 100 dólares, pero le pide que le devuelva 106 dólares.

Si algunas personas consiguen devolver 106 dólares cuando sólo recibieron 100, es porque tomaron los 6 dólares que faltaban del dinero puesto en circulación por los préstamos de otras personas, lo que hace aún más difícil para los demás devolver sus propios préstamos. Para que unos puedan devolver sus préstamos, otros tienen que quebrar. Y es sólo cuestión de tiempo que todos los prestatarios (deudores), sin excepción, se encuentren en la imposibilidad de reembolsar al banquero, sea cual sea el tipo de interés aplicado.

Todo el dinero del país circula en forma de préstamos, y debe devolverse al banco con intereses. En nuestro país, cada día se piden miles de préstamos al banco y se hacen miles de devoluciones. Cada préstamo aumenta la cantidad de dinero en circulación, pero cada devolución reduce la cantidad de dinero en circulación. Y cuando se devuelve el préstamo, debido a los intereses que se cobran por él, hay que devolver al banco más dinero del que se prestó en un principio.

En el sistema financiero actual, el dinero no permanece en circulación permanentemente. Por ejemplo, si representamos el dinero como agua en una bañera, es como si hubiera una fuga, un agujero en la bañera (los intereses que tenemos que devolver al banco) y tuviéramos que pedir continuamente nuevos préstamos sólo para mantener el nivel de agua en la bañera.

Algunos dirán que si no quieres endeudarte, no pidas prestado. Pero el hecho es que si nadie pidiera prestado dinero al banco, no habría dinero en circulación y, en el ejemplo anterior, no habría agua en la bañera. Así que es una situación sin salida: o endeudarse para siempre, o vivir sin dinero y pasar hambre.

No es el banquero quien da valor al dinero, es la producción del país. El banquero no produce absolutamente nada, lo único que hace es crear cifras que permiten al país utilizar su propia capacidad de producción, su propia riqueza. Sin la producción de todos los ciudadanos del país, las cifras del banquero no valen absolutamente nada. Así que el gobierno, en nombre de la sociedad, puede muy bien por sí mismo crear estas cifras, que representan la producción de la sociedad, sin pasar por los bancos privados, y sin endeudarse. Ésta es exactamente la pregunta que se le planteó a Graham Towers, Gobernador del Banco de Canadá de 1935 a 1954, cuando compareció ante la Comisión Parlamentaria de Banca, Comercio e Industria en abril de 1939:

"¿Por qué un gobierno con el poder de crear dinero debe ceder ese poder a un monopolio privado, y luego pedir prestado lo que el gobierno podría crear por sí mismo, y pagar intereses hasta el punto de la bancarrota nacional?".

La respuesta de Towers fue: "Si el Gobierno quiere cambiar el funcionamiento del sistema bancario, sin duda es competencia del Parlamento. De hecho, la Constitución canadiense otorga claramente al gobierno federal esta facultad de crear dinero".

Algunos dirán que podría existir el peligro de que el gobierno abusara de este poder y emitiera demasiado dinero, provocando inflación, y que por lo tanto sería preferible dejar este poder a los banqueros, para mantenerlo a salvo de los caprichos de los políticos.

A esto respondemos que el dinero emitido por el gobierno no sería más inflacionista que el emitido por los bancos: serían las mismas cifras, basadas en la misma producción del país. La única diferencia es que el Estado no tendría que endeudarse ni pagar intereses para obtener esas cifras.

Al contrario, la primera causa de la inflación es precisamente el dinero creado en forma de deuda por los bancos: inflación significa subida de precios. Y la obligación que tienen las empresas y los gobiernos que piden dinero prestado de devolver al banco más dinero del que sacaron obliga a las empresas a inflar sus precios, y a los gobiernos a inflar sus impuestos.

Por supuesto, si el gobierno canadiense empezara a crear o imprimir dinero de cualquier manera, sin ningún límite, según los caprichos de quienes estén en el poder, y sin ninguna relación con la producción existente, tendríamos inflación, y el dinero perdería su valor. Pero esto no es en absoluto lo que propone la Democracia Económica.

Contabilidad precisa

Lo que proponen la revista San Miguel y la Democracia Económica, cuando hablan del dinero fabricado por la sociedad, es que el dinero se reduzca a su función propia, que es la de ser una cifra que representa productos, es decir, lo que en realidad es: una simple contabilidad. Puesto que el dinero es simplemente un sistema contable, bastaría con establecer una contabilidad exacta.

El gobierno nombraría una comisión de contables, un organismo independiente, que se llamaría "Oficina Nacional de Crédito" (en Canadá, el Banco de Canadá podría muy bien desempeñar esta función, si el gobierno así lo dispusiera). Esta Oficina Nacional de Crédito se encargaría de elaborar unas cuentas justas, en las que el dinero sería simplemente el reflejo, la expresión financiera exacta de las realidades económicas: la producción se expresaría mediante un activo, y la destrucción mediante un pasivo. Y como no se puede consumir más de lo que se produce, el pasivo nunca podría superar al activo, y todo endeudamiento sería imposible.

En la práctica, funcionaría así: la Oficina Nacional de Crédito emitiría dinero nuevo al ritmo de la nueva producción y lo retiraría de la circulación al ritmo del consumo de esa producción, el librito de Louis Even, Une finance saine et efficace (Una finanza sana y eficaz), explica detalladamente este mecanismo. Por tanto, no habría peligro de tener más dinero que productos: habría un equilibrio constante entre dinero y productos, el dinero tendría siempre el mismo valor y la inflación sería imposible. El dinero no se emitiría según los caprichos del gobierno, ya que la junta de contables de la Oficina Nacional de Crédito sólo actuaría según los hechos, según lo que los canadienses producen y consumen.

La mejor manera de evitar que suban los precios es bajarlos. El Crédito Social propone también un mecanismo para bajar los precios, llamado "descuento compensado", que permitiría a los consumidores comprar todos los productos en venta con el poder adquisitivo del que disponen, rebajando el precio de venta de los productos (un descuento) en un determinado porcentaje, de modo que el precio total de todos los productos sea equivalente al poder adquisitivo total de que disponen los consumidores. A continuación, la Oficina Nacional de Crédito reembolsaría este descuento al comerciante. Este mecanismo sería mucho más eficaz que el que utiliza actualmente el Banco de Canadá para combatir la inflación.

Se acabaron los problemas financieros

Si el gobierno creara su propio dinero en función de las necesidades de la sociedad, automáticamente podría pagar todo lo que es capaz de producir, y ya no necesitaría pedir prestado a instituciones financieras en el extranjero o aquí en casa. Así, a la hora de emprender un nuevo proyecto, el gobierno no se preguntaría: "¿Tenemos el dinero?", sino "¿Tenemos los materiales, los trabajadores para llevarlo a cabo?". Si es así, el dinero vendría automáticamente a financiar esta nueva producción. La población canadiense podría vivir realmente dentro de sus posibilidades reales, de sus medios físicos, de sus posibilidades de producción.

En otras palabras, todo lo que es físicamente posible se haría financieramente posible. En sentido estricto, ya no habría problemas financieros; el único límite sería la capacidad de producción del país. El gobierno podría financiar todos los desarrollos y programas sociales que la población demandara y que fueran físicamente factibles.

Desde el punto de vista constitucional, nada impide al gobierno canadiense aplicar inmediatamente esta reforma financiera. Es el gobierno soberano el que debe ser responsable de la política monetaria del país, no las empresas privadas cuyo objetivo no es en absoluto el bien común, sino su único beneficio. El 27 de julio de 1961, Louis Rasminski, que fue Gobernador del Banco de Canadá de 1961 a 1973, hizo la siguiente declaración al gobierno:

"Si el Gobierno desaprueba la política monetaria seguida por el Banco (de Canadá), tiene el derecho y la responsabilidad de dar instrucciones al Banco sobre la política que debe seguir... y el Banco debe tener el deber de obedecer esas instrucciones".

Los gobiernos actuales son perfectamente conscientes de la arbitrariedad de la creación de dinero por empresas privadas, pero no se atreven a enfrentarse a este poder, por falta de apoyo del pueblo. Lo único que falta es la educación del pueblo, para mostrarle la falsedad, el absurdo y la injusticia del actual sistema financiero, y la existencia de un correctivo como la Democracia Económica. Esto es lo que intenta hacer la revista San Miguel y el Instituto Louis Even.