Cuando la mujer se equivoca [1]
La mujer debe ser como el "ángel de la guarda" o el "ángel guardián" de la castidad del varón. En efecto, ella debe ser el artífice de ese amigo potencial, que está en el varón y que ella debe extraer, educándolo, elevándolo, y cuyo peor enemigo es la lujuria.
La joven que se entrega a su novio lo hace por lo general como una concesión, con el fin de profundizar la intimidad de la relación. Otras veces para adquirir dominio y asegurar la posesión del novio. Otras veces, cediendo, por temor al abandono.
La lujuria lo fija al varón con una fuerza obsesiva muy grande al cuerpo de la mujer, el cual se convierte en un obstáculo para que él pueda atender y al alma de ella.
Cuando algunas mujeres me dicen que han tenido relaciones con su novio, yo digo: "¡No sabes el daño que le hiciste! Cebaste al tigre con carne. Después va a ir donde encuentre carne. Estás sembrando la infidelidad en él. Le pusiste un collarcito y ahora cualquiera va y le pone la cadena." ¡Es así! Condescendiendo con la lujuria varonil, la mujer siembra la infidelidad.
Alguna ha esperado ganarse a la larga el amor de él aceptando jugar a su manera. A ella le pareció - o le dijeron otras - que eso es así, que es natural. "Ellos son así. Todos piensan en lo mismo. Todos quieren lo mismo". Ella incurrió en el fatalismo de creer que la lujuria varonil es un hecho irremediable, una condena. ¡No, señor! No es un hecho irremediable. ¡Es un grave daño, una tremenda herida en la naturaleza del varón!
Hay que abrir los ojos a la disimetría interior del varón y la mujer. "El varón quiere una casa para tener una mujer y la mujer quiere tener un hombre para tener una casa". Los dos quieren las mismas cosas, pero de diversa manera. Los dos padecen también los mismos vicios capitales, pero de forma disimétrica. La gula del varón es diferente de la gula de la mujer: él tiende a ser comilón y ella a ser golosa. La lujuria los afecta a los dos, pero de diversa manera: él quiere poseer el cuerpo de la mujer, ella quiere poseer el alma del varón.
A causa de esa disimetría de las heridas del pecado original, en vez de procurar el bien del otro, cada uno instrumenta o trata de aprovecharse de la debilidad del otro. Y en todo caso, como no se comprende que se trate de una herida, digna de misericordia, cada uno termina irritándose con la herida del otro. La mujer se irrita con la posesividad física del varón y el varón con la posesividad afectiva de la mujer.
El matrimonio: sacramento de sanación [2]
El sacramento del matrimonio ha sido instituido como un sacramento de sanación de las heridas del pecado original en el varón y la mujer. Y los esposos han de ser, el uno para el otro, ministros de esa sanación. Por eso, la esposa debe colaborar a sanar en el esposo la herida de la lujuria, y el esposo debe colaborar a sanar en la esposa la herida del afecto insaciable, los deseos desorbitados del alma y los terrores correlativos. Los efectos sanadores del sacramento son respectivamente: la castidad y la obediencia. Mortificación de los instintos en el varón y de los deseos de la voluntad propia en la mujer.
Por eso se necesitaba un sacramento de sanación. Para lograr que varón y mujer, heridos como vienen de nacimiento por el pecado original; y condenados al malentendido y al desencuentro perpetuo, pudieran sanarse y vivir la felicidad conyugal a la que Dios Padre los había destinado "en un principio". La historia demuestra que no es utopía.
Jesús vino no solo a salvarnos como individuos, vino a salvar nuestros amores, vino a salvar nuestras relaciones, vino a salvar y a posibilitar que hubiera varones no sólo capaces sino felices de morir a su pasión por amor a su esposa; que le infundieran a la esposa una confianza tal, que ellas fueran capaces de confiarse en su juicio y obedecerle. Cosa que para la mujer es más difícil que para morir.
¿Cómo obedecer a un varón que no sabe gobernarse a sí mismo y a sus pasiones? Puesto que la lujuria es un vicio que se opone a la prudencia, cuando la mujer comprueba la imprudencia del esposo ¿cómo le va a obedecer? ¡no se puede confiar de él! Aunque ella no lo relacione con la lujuria, al fin se da cuenta de que es un varón que no se gobierna por su razón. ¡Claro! si no gobierna su pasión, ¿cómo va a gobernar su casa? ¿Y cómo va a confiar el corazón de la esposa en el juicio de un hombre que no tiene juicio, porque actúa arrastrado por el impulso de su pasión y no gobernándose con su razón y su cabeza?
La sabiduría de los refranes populares reconoce que el hombre pierde la cabeza por dos motivos: la ira y la lujuria. El varón se ciega, pierde la cabeza, de bronca o por una mujer. También se dice que se descontrola en la comida y la bebida.
¿Por qué las parejas actuales no duran? Porque la sexualidad, mejor dicho, la reducción de la sexualidad a lo genital no es cemento que pegue bien. Una sexualidad genitalizada y despersonalizada, no une duraderamente. Al contrario, al varón lo puede llevar de una en otra. El varón tiene que asumir, que encontrará su felicidad entregando su vida por amor, muriendo. Y sólo puede hacerlo si su corazón está animado por un gran amor, por el amor del Padre, por el amor de Dios, y de la esposa que le dio.
Un camino hacia la santidad conyugal [3]
Entendemos por "camino espiritual" ese sendero interior que los esposos cristianos necesitan realizar para alcanzar la perfección de su estado: un camino de ideales y de medios para realizar su vocación específica.
Si dos esposos no son capaces de amarse, ¿cómo podrán amar a los demás?
La vida viene de la madurez del amor. Ante esto conviene preguntarnos: ¿tiene sentido hablar de camino a la santidad conyugal, a la perfección en el amor? ¿No es más sencillo hablar de un único camino, puesto que Jesús hablo a todos de una única manera? Algunos, en efecto, evidencian solamente el camino del laico basado en el mismo bautismo. Ahora, téngase en cuenta que el camino hacia la santidad es propio de todo creyente, pero también debe tener en cuenta que cada uno precisamente porque es diverso, tiene modos propios y particularmente en su estado de vida.
Así, un religioso o una monja o misionero tiene un camino distinto del de los esposos. Existe un núcleo fundamental que es igual y existen condiciones concretas de vida que son distintas. Una única fe, un solo bautismo o un solo Señor animan caminos diversos, modos diversos de vivir.
Con mucha claridad S.S. Juan Pablo II afirmó::La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar" (FC 56).
Descubriendo el camino específico de los esposos [4]
Cuando los dos sean uno…
El ser humano es pues una combinación armoniosa de materia y espíritu. En el hombre recién creado se enlazaban armoniosamente lo animal y lo angélico, lo instintivo y lo intelectual.
Más aún, el hombre es, entre todas las creaturas, no solamente la única que participa de todos los órdenes creados, desde lo mineral hasta lo angélico, sino la que más participa de la imagen y semejanza divina, de modo que, en él, como lo figuró Miguel Ángel en el fresco de la Capilla Sixtina, parecen tocarse también lo humano y lo divino.
De ese designio creador proviene la dignidad del hombre. Y de ahí deriva la diferencia de la sexualidad humana de toda otra sexualidad puramente animal. Es por el matrimonio del hombre y la mujer que se perpetuaría la estirpe de los adoradores de Dios. Por la generación carnal se comunica una imagen y semejanza espiritual.
Adán, creado primero, vivía entre los animales y les puso nombre. Es decir, tenía de común con ellos el elemento animal de su naturaleza, el cual le daba (y le sigue dando) la posibilidad de comunicarse con ellos, entenderlos, amaestrarlos, domarlos, domesticarlos, gozar de la compañía de algunos. Pero Adán no encontraba entre ellos una ayuda adecuada, es decir semejante a él en cuanto ser humano espiritual, capaz de relacionamiento interpersonal. No encontraba entre ellos otra persona humana como él. Para hacerle compañía espiritual, fue creada otra persona humana: la mujer.
La preeminencia del factor personal, interpersonal, espiritual, en la mujer se expresa en el relato bíblico, en primer lugar por esta finalidad de su creación. Ella es creada para ser la compañera espiritual del varón; para entablar el diálogo espiritual y libre, con un ser que ya tenía una capacidad de comunicación animal con los animales, pero una capacidad insatisfecha de relacionamiento humano, espiritual, interpersonal.
Quizás para subrayar que lo más propio de Eva está en el ámbito espiritual, el relato de los orígenes relativiza en ella el elemento corpóreo: Dios no le hace un cuerpo propio, aparte, creado de la misma manera que antes había plasmado el cuerpo del varón. Usa el cuerpo del varón como principio creador del cuerpo de la mujer. La materialidad de su cuerpo es tomada del cuerpo del varón. Y también su nombre es tomado del nombre del varón. "Será llamada varona (isháh) porque del varón (ish) fue tomada". El varón la reconoce y la recupera. Ella se reencuentra en él como en su origen y su contexto de pertenencia: del varón fue tomada.
Hay que notar también que según el texto bíblico ella no proviene del cuerpo del varón por generación sino como por partición. Varón y mujer comparten; son copartícipes de una sola carne, un solo cuerpo. Él reconoce en ella la parte que le faltaba y sin la que estaba incompleto. Y ella reconoce en él a aquél de quien proviene y a quien desde siempre pertenecía, sin el cual estaba como perdida e incompleta también.
Más, entre todas las creaturas materiales o visibles, sólo el ser humano fue creado a imagen y semejanza visible de Dios. Es el único ser del mundo visible que espeja mejor la espiritualidad del Creador y que puede entrar en diálogo espiritual con Él. El único ser visible capaz de adorarlo.
Pecado original [5]
El hombre se reveló contra Dios, quebrantando voluntariamente el precepto que le había impuesto y, en consecuencia, el hombre quedó sujeto a toda clase de sufrimientos físicos y morales.
A la mujer le dijo: « Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará ». Al hombre le dijo: « Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que Yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado... » (Gén. 3, 16-19).
Nota: La condena afecta a los culpables en sus actividades esenciales, a la mujer como madre y esposa, al hombre como trabajador.
Inmediatamente después del pecado de Adán y Eva se produjo la primera manifestación del desorden producido por el pecado en la armonía de la creación.
Y como viere la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores (Gén. 3, 6-7).
Dios dictó la sentencia condenatoria contra los primeros prevaricadores y les profetizó que la victoria sería suya y no del tentador.
Entonces Yahvéh dijo a la serpiente: « Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar » (Gén. 3, 14-15).
Nota: « Él te pisará la cabeza » indica el primer destello de la salvación, y la victoria del Redentor sobre Satanás.
Adán y Eva, desobedeciendo el precepto divino, pecaron mortalmente.
« ...mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio » (Gén. 2, 17).
Nota: La gravedad del pecado se deriva de la gravedad de la pena, « morirás sin remedio ».
El pecado de Adán y de Eva fue gravísimo. Se deduce claramente de los siguientes textos:
a) - De la promulgación solemne del mandato.
Y Dios impuso al hombre este mandamiento: « De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás… (Gén. 2, 16-17).
b) - De la gravedad del castigo pro-metido.
...porque el día que comieres de él, morirás sin remedio (Gén. 2, 17).
c) - De la corrupción de la huma-nidad, como consecuencia del pecado.
Viendo Yahvéh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvéh de haber hecho al hombre en la tierra... (Gén. 6, 5-6).
Nota: Este pesar de Dios expresa la exigencia de la santidad, que no puede soportar el pecado.
Adán y Eva cometieron varios pecados en su prevaricación: de soberbia, de curiosidad, de gula, de desobediencia, de excusa.
Notas:
[1] Bojorge Horacio, presbítero, La Casa sobre la Roca.
[2] Ibíd.
[3] Comunidad de Caresto, Italia. Cuando los dos sean uno. Título original: Quando due sarano uno.
[4] Bojorge Horacio, presbítero, La Casa sobre la Roca.
[5] Enrique Pardo Fuster. Apologética. Encuentra.com


