por Alain Pilote

Con el reciente desarrollo de la inteligencia artificial y la fabricación de robots capaces de realizar la mayoría de las tareas humanas, se avecina una profunda transformación del mercado laboral: millones de empleados serán reemplazados por robots que no duermen ni comen, pueden trabajar día y noche y realizan esas tareas mucho más rápidamente que los seres humanos. Surge entonces un problema de gran importancia: si todas esas personas desempleadas dejan de recibir un salario, ¿cuál será su fuente de ingresos?

Por eso, diversas personalidades, tanto del mundo empresarial como del político, han sugerido que ha llegado el momento de aplicar alguna fórmula de ingreso básico garantizado, o ingreso anual garantizado. Muy recientemente, Elon Musk, presidente de Tesla, la empresa que fabrica los robots Optimus, declaró que no habrá más remedio que establecer un ingreso básico universal «  elevado  » (no solamente el mínimo vital), en forma de cheques emitidos por el gobierno federal.

La idea de un ingreso garantizado para todos va abriéndose camino, a veces bajo otros nombres —ingreso universal, ingreso de existencia, asignación universal, ingreso ciudadano, ingreso básico, etc.—, entre otras razones porque resulta inevitable reconocer las deficiencias de las políticas sociales actuales y porque el progreso tecnológico reduce cada vez más la necesidad de emplear personas, privándolas así de ingresos. Ya en 1930, el economista John Maynard Keynes escribía en «  Economic Possibilities for our Grandchildren  » (Las posibilidades económicas de nuestros nietos):

«  Sufrimos una nueva enfermedad, cuyo nombre quizá algunos de mis lectores todavía no hayan oído mencionar, pero de la cual oirán hablar abundantemente en los años venideros: el desempleo tecnológico. Esto significa el desempleo causado por el hecho de que descubrimos medios para economizar el uso de mano de obra a un ritmo más rápido que aquel al que logramos encontrar nuevas ocupaciones para ella  ».

Durante la paralización forzada de prácticamente todos los empleos en el período de confinamiento debido a la COVID-19 en 2020, los gobiernos de varios países establecieron programas de emergencia para ayudar a quienes perdieron sus salarios y a las empresas que corrían el riesgo de quebrar. Evidentemente, todas esas ayudas costaron miles de millones de dólares a esos países e hicieron crecer sus deudas hasta niveles nunca antes alcanzados.

Todos coinciden en que, pese a ese endeudamiento masivo, los gobiernos no tenían otra opción, pues no se podía dejar que la gente muriera de hambre. Sin embargo, todos esos programas están sujetos a distintas reglas, por lo cual muchas personas quedan olvidadas y no reciben ayuda alguna, o reciben muy poca; y cuando la ayuda llega, a veces lo hace varias semanas después. Además, estos programas son pesados de administrar y requieren numerosas investigaciones y funcionarios.

La solución: el dividendo social

Como puede verse, el problema es que no se ofrece ninguna solución para financiar ese ingreso, salvo endeudarse o gravar a los más ricos. Los lectores habituales de Vers Demain saben que Clifford Hugh Douglas y Louis Even proponen una solución mucho más eficaz: el dividendo social, que no exigiría cobrar impuestos a nadie ni endeudarse:

Un dividendo: una suma de dinero pagada cada mes a cada ciudadano, sin condiciones, es decir, independientemente de sus ingresos y de que tenga o no un empleo remunerado. De ese modo se reconocería a cada ciudadano como coheredero de las riquezas naturales y del progreso (todas las invenciones acumuladas a lo largo de los siglos), lo que Douglas denomina la herencia cultural. Este dividendo sería financiado con dinero nuevo, sin interés, emitido por una Oficina Nacional de Crédito, o banco central de la nación.

Pero este dividendo solo tiene sentido si se aplica junto con los otros dos principios de la Democracia Económica:

1. El dinero nuevo pertenece a la sociedad, y no a empresas privadas (los bancos comerciales), y debe ser emitido por un organismo creado por el Estado: una Oficina Nacional de Crédito. En realidad, el dinero obtiene su valor de la capacidad productiva del país, del hecho de que existen riquezas naturales y trabajadores dispuestos a desarrollar esos recursos.

2. El otro principio de la Democracia Económica es el descuento compensado —una rebaja en los precios compensada al vendedor— para impedir cualquier aumento de precios y, por consiguiente, toda inflación.

¿Por qué un ingreso para todos y por qué llamarlo dividendo?

Cuando se habla de alguien que recibe dividendos, generalmente se piensa en quien posee acciones de una empresa y recibe así una parte de las ganancias. Pues bien, puede afirmarse con toda verdad que cada ciudadano del país, cada miembro de la sociedad, es cocapitalista y propietario de un capital real e inmensamente productivo.

Ya se ha dicho que el dinero, o crédito financiero, pertenece desde su creación a toda la sociedad. Le pertenece porque se basa en el crédito real, es decir, en la capacidad productiva del país. Esta capacidad de producción se compone, ciertamente, en parte del trabajo y de las habilidades de quienes participan en la producción. Pero se compone sobre todo, y cada vez más, de otros elementos que pertenecen a todos.

En primer lugar están las riquezas naturales, que no son producto de ningún ser humano; son un don de Dios, una gratuidad que debe estar al servicio de todos. También están todas las invenciones realizadas, desarrolladas y transmitidas de una generación a otra. Hoy constituyen el factor más importante de la producción. Y nadie puede atribuirse, más que otro, la propiedad de ese progreso, que es fruto de generaciones.

Sin duda, hacen falta personas de la generación actual para ponerlo en uso, y ellas tienen derecho a una recompensa, que reciben como remuneración: salarios, sueldos, etc. Pero un capitalista que no participa personalmente en la industria en la que ha invertido su capital tiene, aun así, derecho a una parte de los resultados gracias a su capital.

Pues bien, el mayor capital real de la producción moderna es precisamente la suma de los descubrimientos y de las invenciones progresivas que permiten obtener hoy más productos con menos trabajo. Y puesto que todos los seres humanos vivos son, en igual medida, coherederos de ese inmenso capital que no deja de crecer, todos tienen derecho a una parte de los frutos de la producción. El empleado tiene derecho a este dividendo además de su salario. Quien no tiene empleo no recibe salario, pero sí tiene derecho a este dividendo, que llamamos social porque es el ingreso procedente de un capital social.

Karl Marx sostenía que el trabajo (el proletariado) creaba toda la riqueza. Adam Smith afirmaba que el capital (el de quien invierte dinero en una empresa) también tenía su parte. Pero ambos ignoran lo que Douglas denomina «  la herencia cultural  »: la herencia de los recursos naturales y de las invenciones, responsable de más del 90 % de la producción del país. En efecto, cuando se habla de los pobres, es totalmente justo llamarlos «  desheredados  », pues son personas a quienes se les ha negado su herencia.

Por lo tanto, el dividendo del Crédito Social (o Democracia Económica) se basa en dos elementos: la herencia de las riquezas naturales y la de las invenciones de las generaciones anteriores. Es exactamente lo que el papa Juan Pablo II escribió en 1981 en su encíclica Laborem Exercens, sobre el trabajo humano (n. 13):

«  El hombre, mediante su trabajo, entra en posesión de una doble herencia: hereda, por una parte, lo que es dado a todos los hombres en forma de recursos naturales y, por otra, lo que los demás ya han elaborado a partir de esos recursos, creando un conjunto de instrumentos de trabajo cada vez más perfectos. Al trabajar, el hombre hereda el trabajo de los demás  ».

Cubrir la falta de poder adquisitivo

Otra razón para pagar un dividendo a cada ciudadano es de naturaleza matemática: el sistema financiero actual crea una falta crónica de poder adquisitivo.

Algunos economistas sostienen que la producción financia automáticamente el consumo y que los salarios distribuidos bastan para comprar todos los bienes puestos a la venta (ley de Say), pero los hechos demuestran lo contrario. El ingeniero escocés Clifford Hugh Douglas fue el primero en demostrar esta falta crónica de poder adquisitivo y en aportar una solución científica, conocida con el nombre de «  Democracia Económica  » o «  Crédito Social  ». Douglas explica esa falta de poder adquisitivo mediante lo que denomina el «  teorema A + B  »:

A no puede comprar A + B

El productor debe incluir en sus precios todos sus costos de producción si desea permanecer en el negocio. Los salarios pagados a sus empleados —que Douglas llama «  pagos A  »— son solo una parte del costo de producción del producto. El productor también tiene otros costos de producción que no se distribuyen como salarios, pero que debe incluir en sus precios: pagos por materiales, impuestos, gastos bancarios, mantenimiento y reemplazo de maquinaria, etc. Douglas llama «  pagos B  » a estos pagos efectuados a otras organizaciones.

El precio de venta del producto debe incluir todos los costos: los salarios (A) y los demás pagos (B). Por consiguiente, el precio de venta del producto será A + B. Es evidente, entonces, que los salarios (A) no pueden comprar la suma de todos los costos (A + B). Existe, pues, una falta crónica de poder adquisitivo en el sistema.

Cuando el producto terminado se ofrece al público, viene acompañado de su precio. Pero una parte del dinero incluido en ese precio quizá fue distribuida hace seis meses, un año o más. Otra parte se distribuirá solamente después de que el producto se haya vendido y el comerciante haya utilizado su ganancia. Otra parte quizá se distribuirá dentro de diez años, cuando la máquina cuyo desgaste figura como costo en los precios sea reemplazada por una nueva, etc.

Además, hay personas que reciben dinero y no lo utilizan. (Lo ahorran.) Ese dinero está incluido en los precios, pero no se encuentra en el poder adquisitivo de quienes necesitan los productos. El reembolso de los préstamos bancarios en plazos fijos y el sistema fiscal actual agravan todavía más la discordancia entre los precios y el poder adquisitivo.

Algunos pueden responder que las empresas pagadas mediante los pagos « B » (las que suministraron la materia prima, la maquinaria, etc.) pagan salarios a sus propios empleados y que, por lo tanto, una parte de los pagos « B » se convierte en pagos « A » (salarios). Esto no cambia en nada la verdad de lo dicho anteriormente: se trata simplemente de un salario distribuido en otra etapa de la producción, y ese salario (A) no se distribuye sin incorporarse a un precio que no puede ser inferior a A + B; la brecha sigue existiendo.

Aunque se intente aumentar los salarios para que alcancen los precios, ese aumento se incorporará automáticamente a los precios y nada quedará resuelto. Para poder comprar toda la producción, hace falta, por lo tanto, un ingreso adicional ajeno a los salarios, por lo menos igual a B. Eso es lo que haría el dividendo del Crédito Social, concedido cada mes a cada ciudadano del país. (Repitámoslo: este dividendo sería financiado con dinero nuevo creado por la nación, y no con los impuestos de los contribuyentes, pues en tal caso sería dinero procedente de los salarios.)

El progreso reemplaza la necesidad del trabajo humano

Otro defecto del sistema financiero actual es que la producción no distribuye poder adquisitivo a todo el mundo. Solo lo distribuye a quienes están empleados en ella. Y cuanto más depende la producción de las máquinas, menos depende del trabajo humano. La producción aumenta aun cuando disminuye el empleo necesario. Existe, por tanto, un conflicto entre el progreso, que elimina la necesidad de trabajo, y el sistema que solo distribuye poder adquisitivo por medio del empleo.

Sin embargo, todos tienen derecho a vivir. Y todos tienen derecho a lo necesario para la vida. Los bienes de la Tierra fueron creados para todos los seres humanos, no únicamente para quienes pueden ser empleados. Por eso, la Democracia Económica haría lo que el sistema actual no hace. Sin eliminar la recompensa por el trabajo, distribuiría a todos un ingreso periódico, llamado dividendo social: un ingreso vinculado a la persona y no al empleo.

Hoy no falta producción; lo que falla es la distribución. Por eso es necesario recurrir a la « justicia distributiva », a la distribución por medio de un dividendo. Benedicto XVI escribió en su encíclica Caritas in Veritate:

« La doctrina social de la Iglesia nunca ha dejado de poner de relieve la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado (n. 35)... La vida económica necesita, sin duda, del contrato (los salarios a cambio del trabajo realizado) para regular las relaciones de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de redistribución guiadas por la política, además de obras caracterizadas por el espíritu del don » (n. 37).

En Caritas in Veritate, Benedicto XVI insiste mucho en la economía del don, la economía de la gratuidad, tanto en el ámbito de las personas como en el de las instituciones. No todo puede calcularse en salarios; mucho bien puede hacerse mediante el voluntariado. En un sistema de Crédito Social, al tener los ciudadanos la seguridad económica garantizada por el dividendo, la ayuda mutua y el voluntariado crecerían naturalmente. Dios mismo nos colma de dones gratuitos mediante los recursos naturales y los alimentos que nos da en abundancia: el dividendo sería el reflejo de esa generosidad, de esos dones gratuitos de Dios.

En la medida en que la producción puede prescindir del empleo humano, el poder adquisitivo expresado por el dinero debe llegar a los consumidores por otro canal distinto de la remuneración del empleo. El reemplazo del ser humano por la máquina en la producción debería constituir un enriquecimiento, liberándolo de preocupaciones puramente materiales y permitiéndole dedicarse a otras funciones humanas, además de la sola función económica. Si, por el contrario, se convierte en causa de preocupaciones y privaciones, es simplemente porque se rehúsa adaptar el sistema financiero a ese progreso y se pretende limitar los ingresos exclusivamente al empleo remunerado.

¿Es mala la tecnología? ¿Debemos rebelarnos y destruir todas las máquinas porque nos quitan nuestros empleos? No. Si el trabajo puede ser realizado por una máquina, tanto mejor: ello permitirá que el ser humano dedique su tiempo libre a otras actividades, a actividades libres, elegidas por él mismo. Pero esto supone que reciba un ingreso que reemplace el salario perdido con la introducción de la máquina o del robot; de lo contrario, la máquina, que debería ser aliada del ser humano, se convierte en su enemiga, pues lo priva de ingresos y le impide vivir.

Pero entonces, si una persona no tiene un empleo remunerado, ¿qué hará con su tiempo libre? Lo dedicará a actividades libres, a actividades de su elección. Precisamente durante su tiempo libre puede desarrollar verdaderamente su personalidad, cultivar los talentos que Dios le ha dado y utilizarlos debidamente.

Además, durante su tiempo libre, el hombre y la mujer pueden atender sus deberes familiares, religiosos y sociales: criar a su familia, practicar su religión (conocer, amar y servir a Dios) y ayudar al prójimo. Criar hijos es el trabajo más importante del mundo; sin embargo, como la mujer que permanece en el hogar para criar a sus hijos no recibe salario, se considera que no hace nada, que no trabaja.

Quedar liberado de la necesidad de trabajar para producir los bienes esenciales para la vida no significa en absoluto caer en la pereza. Significa simplemente que la persona queda en condiciones de elegir la actividad que le interesa. Bajo un sistema de Crédito Social florecerían las actividades creadoras. Por ejemplo, los grandes inventos y las mayores obras maestras del arte fueron realizados durante el tiempo libre. Como decía C. H. Douglas:

« La mayoría de la gente prefiere estar ocupada, pero en cosas que le gustan, en vez de cosas que no le gustan. Las propuestas del Crédito Social no pretenden en modo alguno producir una nación de perezosos... El Crédito Social permitiría a las personas dedicarse a los trabajos para los cuales están capacitadas. Un trabajo que usted hace bien es un trabajo que le gusta, y un trabajo que le gusta es un trabajo que usted hace bien ».

Continuemos la educación del pueblo en favor de un ingreso básico financiado sin impuestos por el banco central de nuestro país.