La doctrina social de la Iglesia católica puede resumirse en este principio básico: la primacía de la persona humana. San Juan XXIII escribió en su encíclica Mater et Magistra en 1961: « La doctrina social cristiana tiene por luz la Verdad, por objetivo la Justicia y por fuerza dinámica el Amor... Su principio básico es que los seres humanos son y deben ser el fundamento, el fin y los sujetos de todas las instituciones en las que se manifiesta la vida social ». Todos los papas han repetido este mismo principio básico, incluido León XIV en su encíclica Magnifica humanitas, que habla de « la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial » (véase la página 4).

En otras palabras, todos los sistemas que rigen la vida en sociedad —incluidos los sistemas financieros y económicos, e incluso la inteligencia artificial— deben estar al servicio de la persona humana, y no al contrario. La Democracia Económica, o Crédito Social, del ingeniero escocés Clifford Hugh Douglas, comparte la misma filosofía. Douglas escribió al comienzo de su primer libro, Economic Democracy: « Los sistemas están hechos para el hombre, y no el hombre para los sistemas; y el interés del hombre, que consiste en su propio desarrollo, está por encima de todos los sistemas ». 

San Juan Pablo II escribió en su primera encíclica, Redemptor hominis (4 de marzo de 1979, n. 15): « las indispensables transformaciones de las estructuras económicas... la miseria frente a la abundancia, que pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros... El hombre no puede renunciar a sí mismo ni al lugar que le corresponde en el mundo visible; no puede convertirse en esclavo de las cosas, esclavo de los sistemas económicos, esclavo de sus propios productos ». 

Hoy nos hemos convertido en esclavos del sistema financiero actual, que crea deudas impagables. Al crear dinero (con interés) de la nada, los bancos se convierten en propietarios de todo. Y la inteligencia artificial, con todas sus desviaciones, también nos hace cada vez más esclavos: basta pensar en quienes pasan gran parte del día con la nariz pegada a sus teléfonos inteligentes, tabletas y celulares. León XIV escribe al respecto en el párrafo 170 de Magnifica humanitas: « No deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital de la atención, en la que las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando su libertad interior ».

En su encíclica, el papa León XIV insiste en que las decisiones finales deben permanecer en manos de los seres humanos, y no de las máquinas, que « no poseen conciencia moral, no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias ». 

Otro desafío que plantea la inteligencia artificial es el reemplazo de un número cada vez mayor de trabajadores asalariados por máquinas, que pueden realizar las mismas tareas a menor costo, con mayor eficiencia y sin cansarse. Como escribe León XIV, « el mercado laboral es uno de los ámbitos donde los riesgos vinculados a las nuevas tecnologías aparecen con mayor claridad ». 

¿Qué será de todos esos exempleados que ya no reciben salario? ¿Cómo podrán comprar la producción realizada por robots y otras máquinas automatizadas? La respuesta también resulta evidente para los lectores habituales de la revista San Miguel: es necesario pagar un dividendo mensual a cada ciudadano, basado en la herencia común de las riquezas naturales y del progreso, y financiado con dinero creado sin interés por el banco central de la nación. 

Es cierto que León XIV habla en su nueva encíclica de la importancia del trabajo para el ser humano. Pero el papa añade: « Es ciertamente deseable que la tecnología alivie al hombre de ciertos trabajos particularmente pesados, repetitivos o peligrosos, y que brinde un apoyo inteligente a la actividad humana ». 

Pero entonces, si el hombre no está empleado en un trabajo asalariado, ¿qué hará con su tiempo libre? Lo dedicará a actividades libres, a actividades de su elección. Es precisamente en su tiempo libre cuando el hombre puede desarrollar verdaderamente su personalidad, cultivar los talentos que Dios le ha dado y utilizarlos de manera provechosa. Además, es durante su tiempo libre cuando el hombre y la mujer pueden ocuparse de sus deberes familiares, religiosos y sociales.

En realidad, toda actividad humana puede calificarse de trabajo, aunque no sea remunerada. San Juan Pablo II declaró lo siguiente el 18 de noviembre de 1983, al recibir en audiencia a los participantes en la Conferencia Episcopal Italiana sobre los problemas del trabajo:

« El primer fundamento del trabajo es el hombre mismo... el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo... En efecto, no parece justo oponer el tiempo dedicado al trabajo al tiempo libre de trabajo, ya que todo el tiempo del hombre debe considerarse un maravilloso don de Dios destinado a su humanización global e integral... El tiempo libre es el tiempo durante el cual las personas pueden y deben ocuparse de sus deberes familiares, religiosos y sociales. Más aún, para ser verdaderamente un momento de libertad y ser socialmente útil, este tiempo libre debe vivirse con una madura conciencia ética, en una perspectiva de solidaridad que se exprese también mediante formas adecuadas de voluntariado generoso ». 

Todos, seamos asalariados o no, debemos cumplir nuestra vocación de desarrollar los dones que hemos recibido de Dios para ponerlos al servicio del prójimo. Esto es lo que permitiría la Democracia Económica.