La historia de salvación de Michela comenzó cuando, siendo apenas un bebé, fue abandonada por su madre. Tras pasar su infancia y adolescencia en diferentes orfanatos y albergues sociales, al cumplir los dieciocho años se marchó a hacer su vida. "Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa y el dinero empezó a ser el dios de mi vida. Cuanto más tenía, más quería tener, pero a fin de mes no me quedaba nada".
En lo referente a todo lo que pertenece al mundo de la afectividad "era un desastre", reconoce Michela. "Tenía novios según la estación del año. Uno para el invierno, otro para el verano… Y me decía:'Yo el corazón no lo meto en esto'. Eran novios de usar y tirar, pero cada historia que pasaba era una herida más que dejaba mi corazón muy lastimado".
Así, Michela entró en la veintena sin haber conocido el auténtico amor. Pero el mundo gris en el que creció Michela se tornó rosa en cuanto conoció a Luca, "el tipo de chico que toda madre desea para su hija. Inteligente, bueno, perfecto…". Sin embargo, la boda con la primera persona de la que Michela dice haber recibido amor en su vida nunca se celebró. "Luca falleció cuatro días antes de la fecha elegida. En ese momento decidí demostrar a todo el mundo que Dios no existía, y si existía, decidí destruirle: le declaré la guerra a Dios".
Una religiosa en los suburbios
El mundo de Michela se vino abajo con la muerte de Luca, y de la mano de una sacerdotisa Satánica que además era su psicóloga, fue captada por una secta satánica en la que Michela se sentía alguien, pero donde, años después, reconoce haber perdido todo. "Allí dentro me dejé hasta mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Allí he visto muerte y violencia. Llegué a alcanzar la muerte del alma. Me convertí en una auténtica marioneta manejada por manos satánicas".
Todo cambió cuando a Michela le propusieron ser sacerdotisa, una persona con poder sobre los demás. La prueba para ser aceptada era asesinar a una joven de Roma que había fundado una comunidad religiosa. "Se llamaba Chiara Amirante y se dedicaba a rescatar a los jóvenes de los suburbios de la capital a base de evangelizar. Yo acepté el reto".
Así, Michela se plantó ante la puerta de casa de Chiara la Noche de Reyes de 1996 con un solo pensamiento en la cabeza: matar a Chiara. "Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar desde el testimonio de Chiara. Ella cuenta siempre que en ese momento, en su corazón escuchó la voz de la Virgen María, que le decía:'Abre tú la puerta, es una hija mía que tiene una gran necesidad'. Chiara se levantó, caminó hasta la puerta a cuyo otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta, hizo una sola cosa. Me abrazó y me dijo:'Bienvenida, hija mía. Por fin has llegado a tu casa'".
Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo conté y le dije: « Chiara, para mí ya no hay esperanza ». Ella me respondió: « ¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti porque hubo quien dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama! ».
Sesiones de exorcismo
Michela describe ese abrazo como un abrazo que fue "más allá del cuerpo, al alma", de modo tal que la desarmó, y después de confesar su horrible intención a Chiara, decidió quedarse en esa casa.
Michela fue sometida a varias sesiones de exorcismo, recibió los sacramentos y pidió ser admitida en la comunidad de Chiara. Pero en su corazón aún había algo que no le dejaba ser plenamente feliz: "La herida del abandono de mi madre, su rechazo, seguía maltratándome el corazón. Porque mi madre me faltaba en Navidad, cuando todas las madres telefoneaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me faltaba el día que celebraba mi cumpleaños… Esa ausencia de mi madre, cada vez que pasaba esto, reabría las viejas heridas y había que empezar de nuevo".
En ese momento comenzó a despertar en el interior de Michela "la necesidad de buscar a mi madre, no para juzgarla ni regañarla, sino para darle las gracias por mi vida".
La ley italiana permite obtener información del propio origen y, después de las investigaciones pertinentes, Michela localizó a su madre. "Comenzamos a telefonearnos, y un día me sugirió conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de junio de 2004.
Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía para encontrarnos, como habíamos quedado. Yo iba sola y en ese viaje había dos partes dentro de mí. Una parte era esa parte humana que se sentía entusiasmada por poder decirle por fin a alguien'mamá'. Pero había otra parte más racional que me decía:'Michela, no sabes qué puedes encontrar allá'. Mi error fue que en aquella duda venció la parte más humana. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo:'Tú para mí no has existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes hoy. Sal de mi vida'. Yo no sé qué siente una madre cuando un hijo dice no a su amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no a su amor…".
Michela reconoce que el rechazo de su madre tras conocerla fue un gran dolor. "Regresé a Roma, cogí a Chiara por los brazos y, sujetándola contra un muro, le dije:'Pero ¿yo qué le he hecho de malo a Jesús? Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?'. A mi pregunta de por qué Jesús me trata así, Chiara me contestó:'¿Sabes, Michela? Santa Teresa de Ávila le preguntó lo mismo a Jesús, y Jesús le dijo que así trataba Él a sus amigos'. Ya sabéis lo que santa Teresa le respondió a Jesús:'Ahora entiendo por qué tienes tan pocos'".
Era una situación dolorosa, de la que era difícil salir, por lo que entonces Chiara me propuso unos días de vacaciones. Yo pensé: « Estupendo, me iré a la playa y tomaré el sol », pero Chiara ya había pensado en todo: « Hay un lugar al que puedes ir. Es un pueblo en Bosnia que se llama Medjugorje. Cógete unas vacaciones y vete allí ».
Medjugorje
Los primeros diez días fueron un desastre. Yo no quise saber nada de peregrinos, ni del fenómeno de Medjugorje, ni de nada. El día décimo primero, estaba tras la explanada, cerca de la carpa verde. Estaba tumbada en mi toalla, tomando el sol. En serio, pasaba de todo. Y ahí tirada me vio Marija, una de las videntes. No nos conocíamos de nada, pero a ella le llamó la atención, no sé si verme tumbada tomando el sol, o mi toalla verde chillona. Se acercó a mí y me dijo: « Hola, ¿qué haces? ». « Estoy esperando a que comience la Misa ». Entonces Marija, sin más, con toda la naturalidad, me dijo: « Vente mañana conmigo a una aparición ».
¡Imagínate! Era ridículo. Tanto que me dio la risa y le contesté: « Mira, va a ser mejor que la Virgen María venga a mí, porque yo de aquí no me muevo ». Marija me miró un poco sorprendida, en silencio. Al cabo de unos segundos, cuando se me quitó la sonrisa de la cara, me dijo: « Tú vente mañana ».
Al llegar allí, aquello estaba lleno de gente. Yo llegué a las seis y cuarto de la tarde y allí había gente que llevaba más de tres horas, con todo el calor. Yo pensé: « Qué tontería llegar tan temprano, si de todas formas a la Virgen solo la ve la vidente, pero bueno ». Al cabo de unos minutos llegó Marija. Me vio en el jardín, me cogió de la mano y me llevó dentro de la capilla con ella, delante del todo, a su lado. Me llevó hasta allí a rastras y de un empujón me puso de rodillas.
Al acabar la aparición yo no entendía nada de lo que estaba sintiendo, pero era bellísimo. Empecé a darme cuenta de que tenía que marcharme y comencé a repetirme a mí misma que en realidad no pasaba nada, para ver si me calmaba, pero qué va, cada vez que lo decía mejor lo sentía. Entonces Marija se levantó e hizo lo que hace siempre. Explicó a todos lo sucedido: « He presentado a la Virgen María todas vuestras intenciones de oración. La Virgen María ha orado por ustedes y les ha bendecido ». A todo esto yo seguía de rodillas a su lado. Entonces ella, delante de todos me miró y dijo: « La Virgen María ha hecho suyo el dolor de tu corazón. A partir de hoy solo ella será tu madre ». Desde aquel día hasta hoy he sentido a María en mi vida. La he sentido de una manera muy concreta. He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos, es María quien me coge de la mano. Aquella tarde aprendí otra cosa. Era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios, pero María quería que yo trabajase con Dios. Y otra cosa bellísima fue que si yo quería ser santa, debía tomar a la Virgen María como modelo de santidad.
Aquella fue una experiencia bellísima, porque descubrí que el dolor puede ser transformado en amor por la humanidad. Os digo que si aquella tarde del entierro de Luca dije que Dios no existía, después de doce años puedo deciros que Dios sí que existe.



